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lunes, 11 de septiembre de 2017

LA MEMORIA ROTA

 Recordar para no repetir la historia. Para saber quién es quién.




 A fines del siglo 18, los soldados de Napoleón constataron que muchos niños egipcios pensaban que las pirámides habían sido construidas por los franceses o los ingleses.

A fines del siglo 20, muchos jóvenes japoneses encuestados respondían así:
JOVEN; Las bombas de Hiroshima y Nagasaki las tiraron los rusos, ¿verdad?
 En 1965, el pueblo dominicano resistió durante meses la invasión de 42 mil marines gringos. La gente peleó casa por casa, con palos y botellas rotas. Fue una resistencia heroica.
Pero hace poco, una joven estudiante dominicana preguntó en su clase de historia:
A nosotros nos invadieron los cubanos, ¿verdad?
 En nuestros países está prohibido recordar. Los gobiernos ordenan “punto final”. El olvido, dicen los poderosos, es el precio que hay que pagar por la paz.
 El derecho a recordar no figura entre los derechos humanos consagrados por las Naciones Unidas. Pero hoy es más necesario que nunca.
 Recordar para no repetir la historia.

Recordar que otro 11 de septiembre 28 años antes de los atentados contra las torres gemelas los aviones chilenos, financiados y asesorados por Estados Unidos, arrasaban el Palacio de La Moneda y sepultaban un gobierno democráticamente elegido.
 Recordar que Saddam Hussein recibió de Estados Unidos las armas químicas que empleó contra los iraníes y los kurdos. Por emplearlas, fue ahorcado.
 Recordar que fue la CIA la que enseñó a Bin Laden todo lo que sabe de terrorismo.
Armado por el gobierno de Estados Unidos, Bin Laden fue uno de los principales “guerreros de la libertad”, como solía decir el presidente Reagan, contra el comunismo de Afganistán.
 Recordar que Montesinos en Perú y Noriega en Panamá fueron agentes de la CIA.
Recordar el apoyo que el gobierno norteamericano brindó al terrorismo de Estado en Indonesia, en Camboya, en Chipre, en Israel, en Sudáfrica, en Bangladesh… y en los países latinoamericanos que sufrieron la guerra sucia del Plan Cóndor.
 Mucho se parecen entre sí los terrorismos, el de los fundamentalistas religiosos y el de los fundamentalistas del mercado. Ambos comparten el mismo desprecio por la vida humana.
El humo de las Torres Gemelas puede formar otra cortina de humo mucho más grande que nos impida recordar la historia, encontrar los pedazos de nuestra memoria rota.


BIBLIOGRAFÍA
Eduardo Galeano, Patas Arriba, Catálogos, Buenos Aires 1998. Y el artículo El Teatro del Bien y el Mal publicado en La Jornada, México, el 21 de septiembre 2001.

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